Todo empezó cuando
accidentalmente mis dedos rozaron algo entre los pliegues del sofá. El tacto
era blando, como de gelatina, y se resistía a ceder a la presión de mis dedos.
Insistí. Cuando al fin pude sacarlo, fui víctima de la confusión al no ser
capaz de identificar aquella masa carmesí.
Al contacto con el aire cedió a la presión a
la que había estado sometido, su aspecto fue cambiando y tomando forma hasta empezar
a agitarse dentro de mi mano. Descubrí de qué se trataba. Recordé sus palabras
de despedida sentados ambos en este mismo sofá, se iba, pero me dejaba algo que
ya no podría dar a nadie pues yo lo había hecho mío para siempre. En aquel
delicado momento, con la culpa de la ruptura atorando mis sentidos, pasé por
alto su mensaje.
Ahora no sé qué hacer con él.
Mientras me decido, lo he metido en formol, dentro de un tarro, sus latidos me
transmiten una calma que nunca había sentido y voy dilatando el momento de buscarla.
A veces me pellizca la culpa al imaginarla vagando descorazonada, entonces
escucho el sonido que sale del tarro y, una vez más, la olvido.
Este relato aparecerá en el recopilatorio anual en papel de ENTC, os dejo el enlace a los demás seleccionados y mencionados aquí