martes, 14 de junio de 2022

"FUERA DE LUGAR" relato incluido en CONTAMOS TODAS libro de la colección CUENTENARIO NARRATIVA (Castilla ediciones).

 

                                                               Portada realizada por: Rosana Largo.

 

Dentro de esta maravillosa portada tengo la suerte de compartir espacio con 28 escritoras de gran valía. Otra alegría de las que dan las letras. Dejo aquí mi aportación a la antología con el relato "Fuera de lugar". Mi agradecimiento a la coordinadora del proyecto Celia Corral Cañas y a José Ignacio García por su Cuentenario en el que este libro tiene su hueco.

 

Este relato es una de mis pocas incursiones fuera del formato más breve, el microrrelato, en el que suelo moverme. Espero que os guste 

Os dejo aquí la lista de autoras:




 


"FUERA DE LUGAR"

La perfumería del Mercadona no es el mejor escenario para sucesos transcendentales, tal vez por eso, al encontrarnos, ella se quedó con una barra de labios congelada en la mano y yo no llegué a la estantería de los after shaves.

Habían pasado mil vidas desde el instituto. Dos mil desde la ESO y otras tantas desde el internado.

Ahora es rubia. Rubia de cejas morenas. Y su cuerpo ha cambiado tanto que no sé cómo he podido reconocerla. Miento. Lo sé. La mirada es la misma. Solo ella es capaz de mirarme con tanta hondura desde sus pupilas azules.

Tenemos que decir algo o este tiempo de silencio amenaza con dejarnos congelados en la sección de perfumería para siempre. Si estuviéramos en una película, se nos caería algo al suelo y al recogerlo y levantarnos nuestras caras quedarían pegadas y ¿quién sabe?, tal vez la escena se cerrase con un beso de esos que rompen cualquier hielo.

Pero no estamos en una película.

Estamos en el súper y afuera espera Sara con los gemelos. Seguro que ya está impaciente. Rodrigo es muy comilón y se acerca la hora de la cena, lo cual le tiene aún más irascible. Y Rubén, siempre a la sombra de su hermano, imitará todo lo que él haga, así que le hará los coros. Sara me reprochará haber tardado demasiado. Ella conoce todos los tiempos. Sabe cuánto se tarda en todas y cada una de las tareas. De casa a la oficina, diez minutos si llevo el coche, quince en el bus, treinta si voy caminando, si tardo un poco más lo disculpará si he parado a comprar el pan. Muchas veces le digo que me he encontrado algún conocido para justificar esos minutos de más.

Hoy lo haré.

Le diré que me he encontrado con alguien, preferiblemente alguien que ella no conozca, para que no pueda desmontar mi coartada.

Sí. También es experta en desmontar coartadas.

Antes no era así. Antes el trabajo ocupaba casi el cien por cien de sus pensamientos. Y el que le quedaba libre lo empleaba en planear viajes, veladas románticas o en sorprenderme con ropa interior de escándalo.

Antes.

¿Antes de qué?

Antes de que la despidieran. Era tan brillante. No había caso que se le resistiera. Pero debió renunciar al puesto que casi arruina al bufete. Lo correcto no es siempre lo más recomendable y se metió en un caso políticamente incorrecto desoyendo las recomendaciones de sus jefes.

 Después vino lo otro. Las comidas sin control. La bollería. Las horas de más en la cama. Los quilos.

Yo siempre estuve ahí. Y entre los dos volvió a ser la que era.

O no.

Volvió a su peso.

Volvió a leer. A ver series. Al gimnasio. A escuchar música.

Pero no volvió a buscar trabajo.

Se apuntó a Pilates. Y empezó a leer revistas de bricolaje, jardinería y decoración.

Compró un acuario gigante, en el que diminutos peces salpican de color la entrada de la casa. Tenemos también montones de macetas, algunas con plantas que antes no había visto, florecen cada una en un tiempo. Así que a nuestra vida no le falta color. Cambió también el de las paredes, no queda ni una blanca y en la habitación de invitados puso una cortina infantil que compró en Ikea llena de mariposas y pájaros. De colores.

Y dejó de tomar la píldora.

Yo consentí.

Parecía feliz. Otra vez feliz, por fin.

Y un día llegué a casa y me recibió con un Predictor con dos rayitas de color rosa. Empezaron “los días bebé”. Así los llamaba en mi cabeza. A los cuatro meses tuve que añadir una ese. Los días bebés.

La apoyé en todo momento. Compartí información sobre desarrollo fetal, le puse la crema antiestrías, le masajeaba los pies. Consultamos interminables listas de nombres para niños.

Hice un máster sobre gemelos. Sé todo sobre ellos. Por ejemplo, que la mejor manera de distinguirlos es por el ombligo porque es casi imposible que cicatricen igual. Aunque en toda la información que recopilé, no había ningún apartado en el que informasen de los cambios en la pareja. En ninguno de ellos explicaban que la madre iba a convertirse en un apéndice de los niños ajena a todo lo demás.

Ya éramos una familia. Se nos suponía felices.

¿Lo éramos?

Con los bebés llegó su depresión post parto. Le ocurre a más del diez por ciento de las mujeres. Hay terapia para ellas. Para mí no se planteó ninguna. Me acostumbré a ir al trabajo sin dormir, y ella empezó a preguntar por qué llegaba tan tarde, aunque llegaba a la misma hora.

Mi tiempo libre es de ella.

Por fortuna los niños van creciendo. Casi no se desvelan ninguna noche. La depresión pasó.

Las cosas cambian.

Pero nosotros no somos los mismos.

Ya no recuerdo las veladas románticas. La ropa interior sexy. Las risas.

Y ahora estoy en la sección de perfumería del Mercadona donde debo comprar dos paquetes de pañales talla cuatro y un after shave natural, mi piel ha cambiado y algunos me dan alergia, Sara no lo sabe, ella sabe qué tipo de cremas debe comprar para el cuidado de los niños, pero no sabe que mi piel es ahora sensible a ciertos productos. Pañales y after shave, me repito. Si llego tarde y sin esas dos cosas tendré que dar aún más explicaciones. Sobre todo, por los pañales. No pasará nada si no me afeito, pero los bebés no pueden estar sin pañales.

Sé que el tiempo sigue avanzando en el reloj, pese a que en esta sección todo está congelado. Las colonias, los desodorantes, los cepillos de dientes, todo perfectamente alineado, todo ocupando el sitio que debe.

Pero yo no. Yo no estoy en mi sitio. Ni María. María con su melena rubia y su mirada azul. Con ese cuerpo lleno de curvas, tampoco está en su sitio.

Y nada cae al suelo. Todo ocupa su lugar. No hay nada que nos obligue a acercarnos. Si fuésemos una escena de una película, seríamos una mala escena.

Son malos tiempos para el cine romántico.

Si nos agacháramos los dos a la vez, la distancia de seguridad impediría que nuestros rostros se rozasen y no pasaría nada diferente a lo que pasa ahora que estamos de pie.

Es María quien mueve la escena. Que sorpresa, Roberto, dice sin usar signos de admiración. Lo dice así: que sorpresa. Sin tilde en la e del que. Y se para. Ni siquiera utiliza unos puntos suspensivos, ella que tantas cosas dejó en suspenso cuando se fue. Yo le digo que parece otra persona, y enseguida me arrepiento. Pues claro que parece otra persona. Como no va a parecer otra persona si la última vez que la vi se llamaba Mario y tenía barba.

Me regala una mirada cargada de intenciones. Enrojezco. La sección de perfumería parece más viva. Aunque todo sigue en su sitio nosotros seguimos fuera de él.

—Me operé. Afirma.

—Estás perfecta.

—Perdí tu número. Suelto de repente. Y sin saber por qué pienso en Sara esperando afuera con los gemelos, mirando el reloj, contando los minutos. Seguro que me estoy pasando más de diez. O quizás sea sólo uno. Cuando estás en medio de una escena así, el tiempo pasa de manera diferente. Los relojes no saben cómo contar este tiempo. Mario-María me pregunta qué fue de mí. Qué fue de mí. Con tilde en la e del que. Cómo si ya no estuviera. Cómo si se lo estuviera preguntando a otro. ¿Qué fue de Roberto? ¿Se casó? ¿Tuvo hijos? ¿Es feliz?

—Me casé.

—Tengo dos hijos, Rodrigo y Rubén.

Rodrigo porque le gustaba a Sara y Rubén porque me gustaba a mí. Es curioso, los dos empiezan por erre. Sí, dos añitos ya. Ya llevan pañales de la talla cuatro, por eso estoy en esta sección, para comprarlos. Por eso y porque necesito un after shave para pieles sensibles, sí ahora tengo la piel sensible, las cosas cambian, ¿te acuerdas cuándo lo compartíamos en el internado? Recuerdo que usabas uno con alcohol, ahora no podríamos compartirlo. Por lo de la sensibilidad de mi piel, ya sabes.  Eso me lo callo, toda esta conversación tiene solo lugar en mi cabeza.

María atrapa el tiempo que nos queda y se lanza:

— ¿Eres feliz?

La pregunta me pilla por sorpresa.

Una señora anónima con mascarilla de colores y exceso de peso viene a rescatarme. Que si puede pasar, quiere coger una laca de uñas y estamos en medio. Su volumen hace que la distancia de seguridad no sea suficiente.

Mario-María no llegará a saber si soy feliz. La respuesta se queda suspendida en el hueco que le hacemos a la señora de la mascarilla arcoíris y cuerpo imponente. Me quedo mirando las piernas de la mujer, creo que su apariencia denota una “elefantitis” creo que se llama, pero no estoy seguro.

La escena se rompe con la melodía de “Walk of life” saliendo de mi teléfono, la pantalla se ilumina con la foto de Sara y los gemelos de fondo, es una foto de cuando nacieron los niños, debo cambiarla ya –pienso-, la mente va muy deprisa, es curioso la de cosas que pasan por la cabeza en un instante.

Me sonrojo pensando en que él-ella habrá recordado la canción.

Los Dire Straits eran nuestro grupo favorito. Y esa canción la que más escuchábamos.

—Tengo que irme.

Mario-María, perfora con su mirada azul las palabras que acabo de decir.

La frase cae fulminada a nuestros pies. Porque hace más de diez años que no nos veíamos. Porque la última vez que nos vimos Mario se iba y para despedirse me dio un beso, y no era el beso que un amigo le da al otro. Y pese al tipo de beso, en lugar de apartarme le correspondí.

Le correspondí y salí corriendo.

Y le quité de mis contactos. Y le bloqueé en las redes sociales.

Alguien rodea a Mario-María por la espalda.

Me fijo en el paquete que el recién llegado lleva en la mano. Son galletas con trazas de chocolate. A María le encantaban cuando era Mario, las compartíamos cuando veíamos alguna peli o escuchábamos música. Veo que le siguen gustando.

Hay cosas que no cambian.

— ¡Cariño, las encontré! Anuncia la boca del dueño de las manos que rodean la cintura de María.

Ella se aparta.

—Es Roberto, ¿le recuerdas?

El tipo me mira de arriba abajo.

—Roberto… alarga los puntos suspensivos y aprovecho para inspeccionarlo yo también.

 Encuentro algo familiar en él. Lejanamente familiar. La mascarilla entorpece la inspección. La mascarilla y el tiempo. No nos reconocemos.

Hay cosas que si cambian.

Es María quien tiene que desvelar las identidades.

 —Es Manuel, dice mirándome. Del colegio ¿no te acuerdas?

De pronto todo vuelve.

Los cromos de la liga a los que tuve que renunciar. Los cuadernos rotos. Las meriendas confiscadas.

Y contesto que sí, que lo recuerdo. Manuel, el que siempre me lo quitaba todo. Pero esa respuesta está sólo en mi cabeza, y en lugar de eso digo:

—Ah sí, Manu ¡Cuánto tiempo!

Y me despido deprisa, porque por megafonía anuncian que van a cerrar y tengo que comprar dos paquetes de pañales de la talla cuatro, dos, porque tengo dos hijos. Y un after shave natural porque hay cosas que cambian y ahora el alcohol de los after me da alergia.

Me voy pensando en que tal vez debo decirle a Sara lo de la alergia y que el médico me recomendó una analítica, porque cuando empezó también me sentía agotado y que ya se sabe que los médicos si buscan encuentran y que no tengo buenas noticias, que el diagnóstico no es bueno.

Pero se lo diré más adelante, porque los gemelos aún son muy pequeños y la necesitan al cien por cien.

Ya estoy en la caja, me doy cuenta que he cogido pañales de la talla tres y un after shave con alcohol y es demasiado tarde para volver. Porque están cerrando, porque me encontraría otra vez con Ellos y porque Sara se impacientaría aún más.

“Estimados clientes, en breves instantes procedemos al cierre del centro. Gracias por su visita”

La voz de la megafonía consigue relajarme. Es tan equilibrada, tan centrada, que hace que parezca que todo está en su sitio.


domingo, 29 de mayo de 2022

"HACIA ADELANTE" accésit 7º concurso de relatos 100 palabras en un metro de "Metro Málaga"

 




"HACIA ADELANTE"



Este micro ha recibido un accésit en el 7º concurso de relatos de Metro Málaga y Taller Paréntesis. El lema era "por fin vuelvo a ser yo". Los relatos ganadores junto con los accésit, serán expuestos en las estaciones de metro de Málaga.

sábado, 25 de diciembre de 2021

"EL HALLAZGO" publicado en la edición nº 13 de "CONTAMOS LA NAVIDAD" titulada: FIESTA


Esta maravilla de portada ha sido realizada por la prestigiosa ilustradora: Rosana Largo.

***


Mi relato va acompañado de la siguiente ilustración realizada por Ana Díaz, me encanta, vaya mi gratitud para ella, desde aquí:



"EL HALLAZGO"

De un tiempo a esta parte la abuela está rara. Ella, que siempre sabe dónde
está todo, extravía las cosas y ha empezado a hablar con el abuelo como si
estuviera vivo. Le dice que se tome las pastillas. Que se abrigue. Le riñe por
comer demasiado y por las tardes, sentada frente al sofá orejero que usaba él,
desgrana recuerdos mientras le teje una bufanda interminable con restos de
lana y nostalgia. Las dimensiones de la prenda crecen y aún no se adivina el
vacío en la cesta. Pero mejor así, qué más da —dice mamá— mientras esté
ocupada… Así que no la sacamos de su ensoñación no vuelva a llorarlo
llenando de ruiditos y humedad toda la casa, como hizo cuando nos dejó.
Lo que todos deseamos es que sea feliz, aunque para ello la bufanda tenga
que medir tres metros y el sitio del abuelo sea intocable. Por eso lo dejamos
estar. Hasta que ha pasado algo más serio.
Ella es la encargada de montar la Navidad en casa. Sacar el árbol. Comprar los
adornos. Colocar el belén con un niño que renueva en cada celebración.
Confeccionar los menús y la lista de invitados, haciendo todo lo posible para
que en la mesa haya un número par de comensales. Porque es otra de sus
obsesiones, respeta toda clase de supersticiones y ritos, por eso nos preocupa
el momento del beso debajo del muérdago, tememos que se dé cuenta de que
el abuelo no está y empiece otra vez con su llantina, ahora que ya hemos
cambiado la moqueta y la ropa de cama que su abundante llanto estropeó.
Pero por desgracia no ocurrió nada de eso. Llegó el veinticuatro de diciembre y
la mesa no estaba engalanada con el mantel de lino bordado en rojo y oro,
sobre ella no había ningún pavo relleno y la cubertería de las fiestas, la buena,
no lucía en la mesa ni para un número par ni impar de comensales. No
recibimos tampoco las visitas de los tíos ni de los primos. Quizá, como se
acuesta cada vez más pronto, se olvidó. Mañana será diferente —la
disculpamos—. Pero el día de Navidad seguía igual, reprendiendo al abuelo
por nimiedades mientras preparaba el desayuno. En Nochevieja no estrenamos
ropa interior roja ni hubo brindis con champán, con la decepción nos fuimos a la
cama sin esperar a las campanadas.
Estábamos consternados. Raros. Sin atrevernos a mirarnos directamente a los
ojos. Como si todos tuviésemos un poco de culpa por lo que estaba pasando.
Mamá se distraía buscando en su libro de cocina recetas navideñas sin dejar
de suspirar, agobiada porque no encontraba ninguna, asegurando que habían
desaparecido de su recetario.

Papá jugaba con los gemelos que, malhumorados, renegaban de sus juguetes
como si presintieran que era el momento de recibir unos nuevos.
Fue eso lo que me hizo reaccionar. No podía privar a mis hermanos pequeños
de la ilusión. Así que, siguiendo un impulso, entré al cuarto de la abuela
mientras ella trenzaba colores con fruición, concentrada en el toc-toc del
choque de las agujas, ajena a todo lo demás.
Miré debajo de la cama. En el altillo. Entre sus batas y sus zapatillas de felpa…
¿Qué esperaba encontrar? Desanimado empecé a inspeccionar los numerosos
compartimentos de la cómoda. Fue allí donde la hallé, en el último cajón,
apelotonada entre sus pañuelos, rodeada de bolas de alcanfor. Allí, muy
quieta, estaba nuestra Navidad. La tomé con cuidado y se la llevé a mamá que
siempre sabe qué hacer con todo lo que se estropea y, aunque estaba un poco
maltrecha y olía un poco fuerte, fue tomar contacto con el aire y empezamos a
notar cambios. Las recetas volvieron al libro de cocina, por la ventana que da al
patio de luces se colaron acordes de villancicos y los gemelos empezaron a
hablar a la vez, exigiendo a coro lápiz y papel para escribir una carta con
destino a Oriente.
Desde la sala nos llegó la voz gruñona de la yaya reprendiento a su marido por
llevar puesta la bata, urgiéndole a ponerse el traje, que esas no son formas de
recibir el año nuevo.

Con este relato he participado en la edición nº 13 del proyecto CONTAMOS LA NAVIDAD.




Puede ser una imagen de 7 personas y al aire libre


Esta edición estuvo dedicada a la escritora leonesa Elena Santiago, la presentación del libro se realizó en el ILC y la prensa se hizo eco de ello. Fue muy emocionante recordar a una grande de las letras leonesas.



El proyecto es coordinado por José Ignacio García y ha sido destacado con el premio de reconocimiento cultural: "La armonía de las letras 2015"








 

viernes, 3 de diciembre de 2021

"CHHAUPADI" Mi aportación al proyecto de CIAMI "haciendo visible lo invisible"

 




En algunas zonas de Nepal la menstruación sigue siendo tabú, durante "esos días" las mujeres son recluidas en cobertizos precarios, esa práctica se denomina CHHAUPADI, y es el tema que he elegido para dar visibilidad a un problema de la mujer, inspirado en la creación de la que dejo foto, realizada por las mujeres de CIAMI. Los trabajos se exponen el edificio Botines y todos los relatos serán recopilados en un libro.





"CHHAUPADI"


Itzae se ha despertado con un pájaro de fuego picoteando sus entrañas y al moverse ha sentido una humedad pegajosa entre las piernas. De pronto ha comprendido lo que ocurre. Sabe lo que tiene que hacer. En la escuela, la profesora que viene del otro lado del mundo, le ha hablado de ello.

Pero en la aldea las cosas son diferentes.

Debería comunicar la noticia y recluirse en el cobertizo. Si lo hace se perderá la fiesta de la cosecha en la que luciría una hermosa corona de plumas que Enam ha hecho para ella. No comerá torta de maíz ni bailará hasta que el sol se trague de un lametazo los últimos rayos de sol. ¿Qué pasará si oculta su secreto? ¿Qué ocurrirá si se muestra ante los demás y toca la comida?¿Caerá una maldición sobre su pueblo?¿Se volverá estéril la tierra y toda clase de plagas se sucederán en el futuro?

Comprende que debe cumplir con su obligación.

Antes de irse, mira su único juguete. La muñeca le devuelve la mirada con los ojos más inertes que nunca, como si presintiera su orfandad; junto a ella, la corona que le hizo Enam, reclama su atención. Se la pone sólo un momento, después arranca las plumas una a una, las ve caer y, con la caída de cada una de ellas, siente que desaparecen las visitas a la laguna junto a su amigo, la caza de renacuajos, los inocentes baños en el río. Los juegos y las risas.

Itzae se dirige al cobertizo, antes de sumergirse en el angosto lugar lleno de soledad mira al cielo que la despide con el vuelo de una bandada de zorzales. Se pregunta cuántos días deberá permanecer dentro y si también ella, igual que sus hermanas mayores, saldrá de él con la blancura de la luna en el rostro.



sábado, 5 de junio de 2021

"MIRADAS" mencionado en ENTC tema: la confusión o la vergüenza. abri 2021-




MIRADAS


Romper los espejos no ha servido de nada. Es más, ha empeorado las cosas. La mirada de la persona que nunca quise ser se ha reproducido en cada pedazo de cristal. Uno me trae los ojos del abuelo cargados de tristeza el día que me estrellé con la moto y di positivo en el test de drogas y alcoholemia. También están los ojos de la yaya —incrédulos— mirándome cuando me sorprendió hurtando unos billetes en la cartera de su hija. Y la mirada de  ella encubriéndome, intentado ahorrarle ese dolor: “hijo, coge el dinero que te prometí”, mintió acariciando mi rostro con una manos temblorosas como pájaros desnudos y tan frías que casi me hacen llagas. Y qué decir de la mirada que me espolea y me penetra como ninguna… La de los ojos de padre, cargada de una culpa que no le corresponde, porque él no me enseñó a odiar. Pero la que más me duele es la del animal acorralado por la vergüenza  que, rendido, me empuja hacia al camino sin retorno que se abisma desde la azotea.


Este relato ha recibido una mención en ENTC con el tema la vergüenza, podéis leer el resto de finalistas y ganadores, pinchando aquí


viernes, 30 de abril de 2021

"EL VUELO" Ganador del II CONCURSO DE MICRORRELATOS "YO SOY" PROMOVIDO POR SOFCAPLE

 




EL VUELO

Marina contorsiona su cuerpo reviviendo los pasos de baile que practica a través de los tutoriales de internet mientras él trabaja, y en el fogón, a fuego lento —el que necesitan las cosas que tienen que salir bien— cocina su plato favorito. Ignora el ruido de la lavadora donde se centrifuga el tiempo porque el reloj se acerca a “la hora de él”, y tiene que guardar el tutú y las zapatillas de punto que compró a escondidas, y meterse de nuevo en las grises de andar por su vida de rutina, faldas largas y escote cerrado.

La ventana de la cocina se ilumina con el sol otoñal mientras Marina apaga el fuego y echa un vistazo al portátil. Su proyecto de crowdfunding  para emprender el vuelo ha tenido éxito.

La lavadora calla. El chup-chup de la cazuela calla. Sólo suena el galopar del corazón de Marina que esta vez no ha escuchado la llave girar en la cerradura. Él la sorprende dentro del tutú, sin las zapatillas grises. Ella se alza sobre las puntas de sus pies,  y así, a su altura por fin, eleva los brazos y en una elegante pirueta escapa por la ventana abierta.  


Este relato ha obtenido el primer premio en el II concurso de relato "Yo Soy" que promueve SOFCAPLE, podéis acceder a la noticia pinchando aquí





lunes, 8 de marzo de 2021

"ANGUSTIAS" mi colaboración tema la tristeza para ENTC

 




imagen tomada de la web

Angustias viste un luto deslucido, comido por el sol hambriento del patio interior. Nadie en la finca sabe a quién se lo guarda pues llegó ya con él y ella es más de silencios que de dar explicaciones. Si te aventuras a preguntar cómo está, por toda respuesta lanza un suspiro largo que no cesa hasta que no se te mete bien adentro y te contagia su pena, que no por ser ajena duele menos.

La primera afectada fue Felicidad, la del primero, que estuvo sin pintarse las uñas ni ponerse tacones una semana. Después le tocó a doña Rufina, la portera, lloró durante tanto tiempo que la portería se le llenó de renacuajos diminutos, casi transparentes.
Al que más o al que menos le ha salpicado la pena de doña Angustias y cada uno la lleva como puede. A mí se me ha metido dentro al abrir para ventilar y llevo días sin salir, presa de malos augurios. Me ha telefoneado el vecino del quinto, dice que él tiene el remedio, que si quiero baja y me la quita. Le he instado a que pruebe antes con doña Angustias, los males hay que cortarlos de raíz.