Este micro ha recibido un accésit en el 7º concurso de relatos de Metro Málaga y Taller Paréntesis. El lema era "por fin vuelvo a ser yo". Los relatos ganadores junto con los accésit, serán expuestos en las estaciones de metro de Málaga.

Pero en la aldea las cosas son diferentes.
Debería comunicar la noticia y recluirse en el cobertizo. Si lo hace se perderá la fiesta de la cosecha en la que luciría una hermosa corona de plumas que Enam ha hecho para ella. No comerá torta de maíz ni bailará hasta que el sol se trague de un lametazo los últimos rayos de sol. ¿Qué pasará si oculta su secreto? ¿Qué ocurrirá si se muestra ante los demás y toca la comida?¿Caerá una maldición sobre su pueblo?¿Se volverá estéril la tierra y toda clase de plagas se sucederán en el futuro?
Comprende que debe cumplir con su obligación.
Antes de irse, mira su único juguete. La muñeca le devuelve la mirada con los ojos más inertes que nunca, como si presintiera su orfandad; junto a ella, la corona que le hizo Enam, reclama su atención. Se la pone sólo un momento, después arranca las plumas una a una, las ve caer y, con la caída de cada una de ellas, siente que desaparecen las visitas a la laguna junto a su amigo, la caza de renacuajos, los inocentes baños en el río. Los juegos y las risas.
Itzae se dirige al cobertizo, antes de sumergirse en el angosto lugar lleno de soledad mira al cielo que la despide con el vuelo de una bandada de zorzales. Se pregunta cuántos días deberá permanecer dentro y si también ella, igual que sus hermanas mayores, saldrá de él con la blancura de la luna en el rostro.
MIRADAS
Romper los espejos no ha
servido de nada. Es más, ha empeorado las cosas. La mirada de la persona que
nunca quise ser se ha reproducido en cada pedazo de cristal. Uno me trae los
ojos del abuelo cargados de tristeza el día que me estrellé con la moto y di
positivo en el test de drogas y alcoholemia. También están los ojos de la yaya
—incrédulos— mirándome cuando me sorprendió hurtando unos billetes en la
cartera de su hija. Y la mirada de ella encubriéndome, intentado ahorrarle ese
dolor: “hijo, coge el dinero que te prometí”, mintió acariciando mi rostro con
una manos temblorosas como pájaros desnudos y tan frías que casi me hacen
llagas. Y qué decir de la mirada que me espolea y me penetra como ninguna… La de
los ojos de padre, cargada de una culpa que no le corresponde, porque él no me
enseñó a odiar. Pero la que más me duele es la del animal acorralado por la
vergüenza que, rendido, me empuja hacia
al camino sin retorno que se abisma desde la azotea.
Este relato ha recibido una mención en ENTC con el tema la vergüenza, podéis leer el resto de finalistas y ganadores, pinchando aquí
EL
VUELO
Marina
contorsiona su cuerpo reviviendo los pasos de baile que practica a través de
los tutoriales de internet mientras él trabaja, y en el fogón, a fuego lento —el
que necesitan las cosas que tienen que salir bien— cocina su plato favorito.
Ignora el ruido de la lavadora donde se centrifuga el tiempo porque el reloj se
acerca a “la hora de él”, y tiene que guardar el tutú y las zapatillas de punto
que compró a escondidas, y meterse de nuevo en las grises de andar por su vida
de rutina, faldas largas y escote cerrado.
La
ventana de la cocina se ilumina con el sol otoñal mientras Marina apaga el
fuego y echa un vistazo al portátil. Su proyecto de crowdfunding para emprender el vuelo ha tenido éxito.
La
lavadora calla. El chup-chup de la cazuela calla. Sólo suena el galopar del
corazón de Marina que esta vez no ha escuchado la llave girar en la cerradura.
Él la sorprende dentro del tutú, sin las zapatillas grises. Ella se alza sobre
las puntas de sus pies, y así, a su
altura por fin, eleva los brazos y en una elegante pirueta escapa por la
ventana abierta.
Angustias viste un luto deslucido, comido por el sol hambriento del patio interior. Nadie en la finca sabe a quién se lo guarda pues llegó ya con él y ella es más de silencios que de dar explicaciones. Si te aventuras a preguntar cómo está, por toda respuesta lanza un suspiro largo que no cesa hasta que no se te mete bien adentro y te contagia su pena, que no por ser ajena duele menos.
"UN LUGAR EN EL CORAZÓN"
Yo solo quería que cumpliera su promesa: hacerme un sitio en su corazón. Pero, pese a mis intentos por ocupar el lugar que era mío, no conseguí entrar en él. Allí había demasiada gente: sus padres, sus hermanos, sus tías acompañadas de unos niños llorones, unos amigos tomando cervezas y en el centro, el lugar más confortable, una rubia ligera de ropa cómodamente instalada.
Así que me quedé por allí, esperando.
Los días de invierno fueron los más duros, pero la esperanza de que en primavera el corazón se dilatase, me animaron a resistir. Pasaba los días paseando de aurícula en aurícula, ejercitaba mi cuerpo haciendo footing del ventrículo izquierdo al derecho, incluso me aventuré a visitar los pulmones que resultaron ser un lugar inhóspito y ventoso, así que volví a rondar el que debería ser mi sitio.
La primavera no trajo cambios. La rubia siguió llenando aquel privilegiado espacio, que además llenó de flores. La decepción contrajo mi cuerpo y rodé sin rumbo. Terminé taponando una arteria. No vi ni luz ni túnel, solo escuché un “te quiero” que tal vez no era para mí, pues venía de allá, del centro mismo.
Este relato ha recibido una mención en el concurso del blog ENTC, podéis leerlo también aquí