domingo, 23 de abril de 2017

"EL CAPÍTULO PERDIDO DEL PRINCIPITO" mi aportación al concurso #historiasdelibros que promueven Zenda e Iberdrola.



EL CAPÍTULO PERDIDO DEL PRINCIPITO

En un planeta del tamaño de una pelota vivía un anciano con la única compañía de un grueso libro que leía y releía constantemente. Sólo abandonaba la lectura al anochecer.

— ¿Qué haces? —Preguntó el principito.

— Leo. Contestó el anciano.

— ¿Y qué lees?

— El Libro de las Verdades Absolutas. Este libro contiene todas las respuestas a las dudas que puedan asaltar al hombre. —Contestó el interpelado.

— ¿Para qué necesitas leer siempre el mismo libro?

— Debo hacerlo. Tengo que estar preparado por si alguien me hace una consulta.

— No se ve a nadie por aquí, —observó el principito mirando a su alrededor. —¿Te han hecho muchas consultas?

— Ninguna, pero nunca se sabe. Debo estar preparado. —Contestó el hombre.

El principito pensó en su problema y en que sería un honor para el anciano recibir por fin una consulta.

— ¿Podrías buscar en el libro lo que yo te pida? Preguntó con la esperanza de que la solución a su dilema sobre la rosa y el cordero estuviera dentro del grueso tomo.

El hombre no contestó. Ni siquiera levantó la vista.

Para el principito el silencio nunca había sido una problema. Así que insistió.

— ¿Dentro de ese libro se explica qué hacer para evitar que un cordero se coma una rosa?

El lector, pasó página y contestó.

— Pequeño, en este libro se tratan únicamente cosas importantes, cuestiones que un niño como tú no podría comprender.

El principito constató, con pena, que no era verdad aquello de que todos los hombres que leen son sensibles e inteligentes.

Anochecía. El hombre cerró el libro y se acostó sin ni siquiera dar las buenas noches.



sábado, 22 de abril de 2017

"SECUNDARIO" Mi aportación al concurso #historiasdelibros que promueven Zenda e Iberdrola.


SECUNDARIO

Archivo: cerrar. Se ha ido y me ha dejado  en un callejón oscuro con una pistola apuntando a mi sien. En el capítulo doce parecía que mi suerte iba a cambiar. Hizo que la camarera del casino al que me ha hecho adicto se fijara en mí, es una rubia regordeta de enormes ojos y escote generoso, buena conversadora y muy dicharachera. Tuvimos un par de citas y junto a una  racha favorable en el juego llegué a rozar el sueño de tener piso propio, un perro y un par de niños.

Pero sólo fue un espejismo. Peggi, la madre de los hijos que no tendré, se fue con el protagonista del libro, un tipo con clase y un chalet a las afueras que, aunque podría ser su padre, parece hacerla feliz.  

Mi racha en el juego cambió. Me arruiné y me persiguen unos tipos a los que debo lo que no tengo. Creo que buscan la forma de cobrar. Pero eso no lo sabremos todavía. El escritor se ha ido, tenía una cita con su editor. Conforme les escuché hablando por el móvil le pide más acción, más dureza y que refuerce el personaje ludópata; no estaría mal convertirlo en narcotraficante o en sicario, a mí, que soy un tipo normal que sólo ansía una vida tranquila. Y lo peor de todo, mencionaron la posibilidad de hacer con esta historia, una trilogía.

miércoles, 19 de abril de 2017

"EL CASTIGO" Mi aportación al concurso #historiasdelibros que promueven Zenda e Iberdrola.



Desconocer la autoría del Quijote y adjudicar la de la Odisea a Miguel de Cervantes, le confinó a una esquina de la clase de cara a la pared con los brazos en alto y un pesado libro de los autores aludidos en cada mano. El profesor le ordenó: ¡no te moverás de ahí hasta que yo lo diga!

Al principio le dolían los brazos, se le dormían las piernas y le picaba la nariz, pero pronto empezó a olvidarse de su cuerpo y de sus atorados sentidos.  

Con el paso de los días cesaron los cuchicheos a su espalda, se acallaron las burlas y ya casi nadie tiraba de la espesa barba que cubría su cuerpo de aspecto cada vez más quijotesco. Se sentía como si hubiera librado una década de guerras y le faltara otra para regresar junto a los suyos.

Sólo había una cosa que lograba animarlo: el sonido de la puerta al comienzo de las clases de lengua y literatura. Al escucharlo, su cuerpo se tensaba obedeciendo al estímulo de sus oídos, anhelantes de escuchar la voz que daría por expiado su agravio.