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viernes, 3 de diciembre de 2021

"CHHAUPADI" Mi aportación al proyecto de CIAMI "haciendo visible lo invisible"

 




En algunas zonas de Nepal la menstruación sigue siendo tabú, durante "esos días" las mujeres son recluidas en cobertizos precarios, esa práctica se denomina CHHAUPADI, y es el tema que he elegido para dar visibilidad a un problema de la mujer, inspirado en la creación de la que dejo foto, realizada por las mujeres de CIAMI. Los trabajos se exponen el edificio Botines y todos los relatos serán recopilados en un libro.





"CHHAUPADI"


Itzae se ha despertado con un pájaro de fuego picoteando sus entrañas y al moverse ha sentido una humedad pegajosa entre las piernas. De pronto ha comprendido lo que ocurre. Sabe lo que tiene que hacer. En la escuela, la profesora que viene del otro lado del mundo, le ha hablado de ello.

Pero en la aldea las cosas son diferentes.

Debería comunicar la noticia y recluirse en el cobertizo. Si lo hace se perderá la fiesta de la cosecha en la que luciría una hermosa corona de plumas que Enam ha hecho para ella. No comerá torta de maíz ni bailará hasta que el sol se trague de un lametazo los últimos rayos de sol. ¿Qué pasará si oculta su secreto? ¿Qué ocurrirá si se muestra ante los demás y toca la comida?¿Caerá una maldición sobre su pueblo?¿Se volverá estéril la tierra y toda clase de plagas se sucederán en el futuro?

Comprende que debe cumplir con su obligación.

Antes de irse, mira su único juguete. La muñeca le devuelve la mirada con los ojos más inertes que nunca, como si presintiera su orfandad; junto a ella, la corona que le hizo Enam, reclama su atención. Se la pone sólo un momento, después arranca las plumas una a una, las ve caer y, con la caída de cada una de ellas, siente que desaparecen las visitas a la laguna junto a su amigo, la caza de renacuajos, los inocentes baños en el río. Los juegos y las risas.

Itzae se dirige al cobertizo, antes de sumergirse en el angosto lugar lleno de soledad mira al cielo que la despide con el vuelo de una bandada de zorzales. Se pregunta cuántos días deberá permanecer dentro y si también ella, igual que sus hermanas mayores, saldrá de él con la blancura de la luna en el rostro.



domingo, 4 de marzo de 2012

SUEÑOS, SOL Y SOLEDAD



Su pelo era una maraña de greñas sucias que caían sobre su frente, desordenadas; en sus ojos, finas venas ensangrentadas rodeaban la expresión de soledad que irradiaban al mirar; caminaba encogida sobre sí misma, en sus nudosas manos la mugre se colaba por las arrugas y la piel flácida y deslucida.
Su aspecto repelía a cuantos el destino cruzaba con ella. Mejor. No quería compañía, quienes se  habían acercado la aturdían y agobiaban con sus preguntas. La curiosidad, el morbo, eso era lo único que les movía.
Buscaba sitios apartados, descampados, arrabales, lugares solitarios donde perderse y disfrutar del silencio; le encantaban los días soleados; la sensación de bienestar del sol sobre su piel la trasladaba a su infancia feliz y despreocupada. Se agarraba fuerte a ese recuerdo y rememoraba sus infantiles anhelos: de mayor sería enfermera o azafata, puede que actriz, pero nunca, ni una sola vez soñó ser indigente.

sábado, 11 de febrero de 2012

A MARIQUITA PÉREZ

Era de porcelana,  tenía unos grandes y expresivos ojos castaños, sus pómulos eran sonrosados a tono con su pequeña boca carmesí, poseía una espesa mata de pelo que yo peinaba cada día; llevaba un vestido a rayas rojas y blancas, sus zapatitos eran bajos y se cerraban con una fina tira alrededor del pie. Era mi muñeca. Ella fue mi silenciosa e incondicional amiga, en mi infancia.
Aunque nunca mudaba la expresión de su rostro, parecía escucharme cuando le contaba mis penas, parecía feliz cuando yo lo era.
Recuerdo el día que la abuela me sorprendió asaltando sus mal escondidos dulces, o el día que me mamá me castigó por destrozar su pinta-labios, estuvo a mi lado y sufrió conmigo el peso de las reprimendas.
Después de tanto tiempo ha aparecido en un  viejo baúl: su vestido raído y roto, un ojo casi despintado, la boca decolorada por el paso del tiempo y un pie descalzo.
Desterrada de su encierro, me propongo recomponer su aspecto y encajarla en un lugar privilegiado en el puzle de mi vida.

sábado, 10 de diciembre de 2011

A "JUAN SALVADOR GAVIOTA"

-¿Me está mirando?
 -No, no creo ¿Qué puede haber en mí que despierte su interés? Tal vez el destello plateado de mi silla de ruedas la ha deslumbrado y por eso mira hacia aquí. ¿Qué más da?, es sólo una gaviota, una entre tantas que alborotan al lado del mar; no posee la elegancia del albatros, ni la majestuosidad del águila, hasta una paloma la supera en importancia, al menos ellas son portadoras del mensaje de la paz.
Sigue observándome, su mirada inquisitiva me traspasa; hasta parece comprender mi dolor, ¿quién sabe? tal vez se ha dado cuenta que la envidio: ella puede volar y yo ni siquiera puedo caminar…, cambiaría mi pesada silla por su baranda, desde ella debe verse el mundo pequeño, los problemas lejanos y la libertad tan cercana...
Seguro que pronto se irá: entregadas sus alas al viento; yo también la miro, mientras su ojo izquierdo se fija en los míos algo se remueve en mi memoria…
¡Ya sé! era el libro preferido en mi adolescencia, ¡lo releí tantas veces!, estaba lleno de magia…, se me antoja que mi gaviota voló desde sus páginas hasta aquí, para curar con el bálsamo de su mensaje, mi alma herida.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

EL BRINDIS

Los últimos rayos de Sol, se despedían –perezosos- de los extensos viñedos dando paso a la negrura de una noche que se vestía de fiesta a solo unos metros, en el interior de nuestra casa. Los invitados sepultaban con sus risas y charlas el habitual silencio de nuestro salón. Todo estaba listo para la doble celebración: el compromiso de mi hermana y la presentación en sociedad de nuestro vino estrella, el de la cosecha del 70; su caldo había reposado mimado como un frágil bebé en las mejores barricas de nuestras bodegas. Sólo lo habían probado Lucia y el abuelo, cuyo semblante garantizaba el excelente resultado, no en vano poseía el paladar más experto y cotizado de toda la comarca.
La mesa ya estaba preparada,  miré  a papá y le interrogué con la mirada mientras tomaba la botella para llenar mi copa. Su negativa me llegó con la firme presión de su mano sobre mi hombro: “llénala de agua, aún no tienes edad”. Con casi doce años no podía tomar ni un poquito, así era papá. De mala gana me dirigí a la cocina en busca de agua. Me sorprendió un ruido en la despensa, entré bruscamente y allí estaban mi hermana  y Rodrigo fundidos en un apasionado beso. Quedé a un palmo de ellos, casi formando parte de su intimidad, Lucia se apartó de él y me sonrió, cariñosa. Con el rubor coloreando mis mejillas y mi copa llena de agua me dirigí al salón, seguido por los tortolitos.
            El abuelo tomó la palabra: “Por el mejor vino de nuestra historia, su excelencia le hará grande. Lucia por  favor, tú eres su madrina, desvela su nombre”.
            Ella alzó su copa mirando –cómplice-, a Rodrigo. “El nombre del vino nace de su sabor dulce e intenso, saborearlo te hace sentir especial, su esencia acaricia el paladar llenándolo de  suaves y ardientes sensaciones: como los besos de amor.  Se llamará: PASIÓN”.  En aquel momento entendí  la finalidad de su  beso. Todos aplaudieron y brindamos. El contenido de mi copa en mi paladar, me hizo sentir diferente, pequeño e ignorante, casi invisible.                                  
Calculé el tiempo que me faltaba para conocer los sabores de los que hablaban: vinos y besos de amor; tan remotos los unos, tan inciertos los otros; creo que le debo a ese día mi exitosa profesión de catador de vinos, mientras el agua insípida recorría mi garganta, mis sentidos soñaban con aquellos sabores que en aquel momento me eran vedados, supe entonces que un día serían mi vida.

domingo, 4 de diciembre de 2011

POR CARIDAD

En la consulta entró una mujer de edad indefinida con la mirada perdida y aspecto desaliñado; se sentó antes de que la invitara a hacerlo y comenzó a hablar en un monólogo que rememoró los acontecimientos de un tiempo que sepulté y aparté de mi vida, convencido de que nunca volverían a ella.
…”mi niña era tan dulce, tan inocente, y se fue así, sin más, sin despedirse, no volví a verla, la encontraron destrozada… su cabello pegado a la cazadora que le regalé en navidades. Ese hombre fue su fin, la engatusó con su porte y su labia, nunca lo trajo a casa, no le conocí, no le hizo falta mucho tiempo para estrangularla,  ¿por qué?, ¿qué había en su inocencia que despertó ésa furia en él?”…
Siguió hablando y yo, callado, quise gritarla que su cabello rubio de princesa y su piel translúcida y de terciopelo iban a ser de otro y eso no podía ser, quise gritar que aquel día que me dijo que todo acababa entre nosotros, algo más fuerte que yo se lanzó a través de mis manos sobre su cuello de cisne blanco y suave, y lo partió para siempre. Quise gritar que no sentí culpa al hacerlo, que no he sentido nunca remordimiento sino una gran paz al saber que fue sólo mía, sólo mía: cómo tenía que ser.
“Doctor ayúdeme no puedo seguir viviendo con este dolor pegado a mi alma, deme algo que alivie esta locura. Han pasado los años y no consigo dormir más de dos horas al día”.
Yo, sin embargo, duermo estupendamente cada noche, aún conservo la cinta que recogía su pelo aquella tarde, es una cinta de terciopelo rojo que conserva su aroma, antes de acostarme la acerco a mi nariz y me acuesto feliz al saber que sólo yo poseo ese recuerdo.
La mujer me mira sin llegar al fondo de mis ojos, estrella su dolor ante mi rostro inexpresivo, de pronto al observarla veo un resquicio de su hija en sus rasgos finos y su piel translúcida, “que alivie su dolor”, me pide desesperada. Me acerco a la puerta y hecho el pestillo. Por la espalda rodeo con fuerza su cuello y lo giro en un movimiento fuerte y firme, su dolor ha terminado ya, relajado me dispongo a trazar un plan para eliminar las huellas de mi acto caritativo.